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Wednesday, December 4, 2013

Follow On (Síguelo)


The blind man sat by the road as he did every day. Hands out, ears alert to people passing by, he begged for their charity. But today no one was stopping. The sound of a crowd approaching caught his interest. 

"What's happening? Please someone, tell me what is happening?"

Some men stopped and answered him. "Jesus of Nazareth is passing by!" 

He could hear the excitement in their voices - and for good reason. Everyone had heard of Jesus. Even a poor, blind beggar knew the stories of how Jesus had fed thousands, cast out demons, and healed the sick. 

But a poor, blind beggar could never find his way through the mass of people to meet Jesus. Already he was being jostled by the swelling crowd. He had but one hope. 

"Jesus, Son of David," he yelled, "have mercy on me!" 

Those around him immediately turned on him. "Be quiet, stop that yelling! Keep out of the way." 

He knew the crowd would soon be passed, his chance gone forever. So the blind man stood to his feet, and with all his heart and soul cried out at the top of his lungs, "Jesus, Son of David, have mercy on me! Have mercy on me!"

Like a lost child in the dark who could never find his way home, the beggar cried out to the One he knew could find him. 

And like the Good Shepherd that He is, Jesus stopped. He turned to the disciples and ordered, "Bring that man to me."

Through the crowd they waded till they found the blind man. Taking his hands they encouraged him, "Come with us to meet Jesus." The blind man clung to them with each step, trembling with anticipation and fear. 

"Make way, make way," the disciples shouted. "We must take him to Jesus!" The crowd parted, and soon the blind man stood before Jesus. He didn't need eyes to recognize Jesus' powerful presence. 

A hand rested gently on his shoulder, and he heard a simple question. "What do you want me to do for you?"

His reply was also simple. "Lord, I want to see." 

With those few words the blind man expressed the desire of his heart, the faith in his soul, and the sincerity in his spirit. 

He held his breath, awaiting Jesus' reply. Then he heard these beautiful words: "Receive your sight; your faith has healed you." 

The next few moments were beyond description. Suddenly the world exploded in color, shapes, and light. He could see! People, trees, sky! 

But the most amazing sight was the face right in front of him. He gazed into eyes that he would never forget. His own face mirrored Jesus' smile. And he knew he had received much more than physical sight.

As the crowd burst out in praise for the miracle, Jesus was swept forward in a frenzy of excitement. The blind man fixed his resurrected eyes on Jesus' back. And with joyful and determined heart, he danced along the road, following the One he could now see. 


This story is from Luke 18:35-43, and it moves me every time I read it. This time I especially noticed verse 43 - Immediately he received his sight and followed Jesus, praising God. When all the people saw it, they also praised God. 

Out of that huge crowd, only one man received a miracle that day. And out of that huge crowd only one man chose to follow Jesus that day. 

The crowd was content to observe Jesus and to praise God for the miracle. But the blind man wanted to encounter Jesus. And when he did, nothing could stop him from following. 

This made me wonder about myself. Am I at times content with "comfortable Christianity" - just praising God for what I observe Him doing? Or am I hungry to keep encountering Jesus and keep following Him, no matter what? 

When I spend even five minutes with Jesus, I'm overwhelmed by how wonderful and beautiful He is. Nothing else can compare with Him! 

Yet, somehow in the ordinariness or busyness of life, it's easy to lose sight of who I love most. 

This story reminds me that my Shepherd is always near, waiting for me to cry out to Him. 
This story inspires me to dance in praise to the One who continues to do miracles in my life.
This story challenges me to keep following my Jesus, no matter what. 


What about you?



Síguelo


El ciego se sentó junto al camino como lo hacía todos los días. Las manos extendidas, oídos alerta a la gente que pasaba, mendigando su caridad. Pero hoy nadie se detenía. El sonido de una multitud acercándose atrajo su interés.

“¿Qué está pasando? Por favor, alguien cuénteme, ¿qué está pasando?”

Algunos hombres se detuvieron y le respondieron: ¡Jesús de Nazaret está pasando por aquí!”

Podía escuchar la ansiedad en sus voces – y por una buena razón. Todo el mundo había escuchado de Jesús. Hasta un pobre mendigo ciego conocía las historias de cómo Jesús había alimentado a miles, expulsado demonios y curado enfermos.

Pero un pobre mendigo ciego nunca podría abrirse campo entre la multitud de gente para reunirse con Jesús. Ya estaba siendo estrujado por la creciente multitud. Sólo tenía una esperanza.

“¡Jesús, Hijo de David,” gritó, “ten misericordia de mí!”

Los que estaban a su alrededor se volvieron a él inmediatamente: “¡Cállate, deja de gritar! Mantente fuera del camino.”

Él sabía que la aglomeración terminaría pronto y su oportunidad se iría para siempre. Entonces el ciego se puso de pie y con todo su corazón y su alma gritó con toda la capacidad de sus pulmones: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! ¡Ten misericordia de mí!”

Como un niño perdido en la oscuridad que nunca podría encontrar su camino de regreso a casa, el mendigo clamó al Único que sabía que podía encontrarlo.

Y como el Buen Pastor que es, Jesús se detuvo. Se volvió a los discípulos y les ordenó “Tráiganme a ese hombre.”

Ellos forcejearon entre la multitud hasta que encontraron al ciego. Tomando sus manos lo animaron: “Ven con nosotros a conocer a Jesús.” El ciego se aferró a ellos a cada paso, temblando de emoción y temor.

“Abran paso, abran paso,” gritaban los discípulos. “¡Debemos llevarlo ante Jesús!” La multitud se apartó y pronto el ciego se paró delante de Jesús. No necesitaba ojos para reconocer la poderosa presencia de Jesús.

Una mano se posó gentilmente sobre su hombro y escuchó una sencilla pregunta. “¿Qué quieres que haga por ti?”

Su respuesta también fue sencilla. “Señor, quiero ver.”

Con esas pocas palabras el ciego expresó el deseo de su corazón, la fe en su alma y la sinceridad en su espíritu.

Contuvo su aliento esperando la respuesta de Jesús. Luego escuchó estas hermosas palabras: “Recibe la vista; tu fe te ha sanado.”

Los minutos que siguieron fueron indescriptibles. De repente el mundo explotó en color, formas y luz. ¡Podía ver! ¡Gente, árboles, el cielo!

Pero la vista más maravillosa fue el rostro en frente de él. Miró fijamente en unos ojos que jamás olvidaría. Su propio rostro reflejó la sonrisa de Jesús. Y supo que había recibido mucho más que la vista física.

Mientras la multitud estalló en alabanza por el milagro, Jesús fue arrastrado hacia adelante en un frenesí de entusiasmo. El ciego fijó sus ojos resucitados en la espalda de Jesús. Y con corazón gozoso y decidido, bailó a lo largo del camino, siguiendo a Aquel a quien ahora podía ver.


Esta historia está en Lucas 18:35-43, y me conmueve cada vez que la leo. Esta vez noté especialmente el versículo 43 – Al instante recobró la vista. Entonces, glorificando a Dios, comenzó a seguir a Jesús, y todos los que lo vieron daban alabanza a Dios. Cuando toda la gente vio esto ellos también alabaron a Dios.

De toda esa enorme multitud, solamente un hombre recibió un milagro ese día. Y de esa gran multitud solamente un hombre decidió seguir a Jesús ese día.

La multitud estuvo contenta de observar a Jesús y alabar a Dios por el milagro. Pero el ciego quería encontrarse con Jesús. Y cuando sucedió, nada lo detuvo para seguirlo.

Esto me hizo pensar en mí misma. Estoy contenta a veces con un “cristianismo cómodo” - ¿sólo alabando a Dios por lo que le observo hacer? O ¿tengo hambre por continuar encontrándome con Jesús y continuar siguiéndole, sin importar qué pase?

Cuando paso aunque sea cinco minutos con Jesús me quedo atónita por lo maravilloso y hermoso que es. ¡Nada puede compararse con Él!

Sin embargo, de alguna manera en la cotidianidad o las ocupaciones de la vida, es fácil perder de vista a quien más amo.

Esta historia me recuerda que mi Pastor está siempre cerca, esperando que clame a Él.
Esta historia me inspira a danzar en alabanza a Aquel que continúa haciendo milagros en mi vida.
Esta historia me desafía a continuar siguiendo a Jesús, sin importar qué pase.


¿Y qué de ti?

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