Thursday, June 4, 2020

God of All (Dios de Todos)

Today I wanted to share something I wrote many years ago, but it feels very relevant today. 

I’m so thankful that our God never changes! He loves every person. He sent Jesus to die for the WORLD. And He delights in being the God of all who call to Him. 


May we understand and express more of His heart to those around us.



God of All

When I was a kid, I thought of God as “American.” I imagined that English was His “first language,” and that somehow He belonged to America. Then an unexpected meeting with a total stranger helped me to see God as He really is—a global God, the God of all who choose to call on Him.    

After college I volunteered at a school for missionary children in Mexico. I lived in a big city, and I was surrounded with American friends and co-workers. So it was easy to keep an American mindset.

Then one day I got a surprise offer from our missionary pilot. “How would you like to visit the missionaries in the Tepehuan tribe this week?” One of the pilots was making a quick flight out to the village to drop off supplies for the missionaries, and there was room for me and one of my friends to ride along. I was excited and jumped at the chance!

My friend and I left school early on Thursday afternoon and headed to the airport. While the pilot finished loading the little six-seater plane, we climbed in and buckled our seat belts. After praying for a safe flight, we taxied out on the runway and took off for the mountains. 

As we flew, I watched the scenery below us change from high desert to deep canyons to mountains covered with pine trees. Shortly before dark, the pilot skillfully landed on the rugged, grass airstrip at the mountain village. The missionaries were waiting to welcome us. We piled into their van and endured a bumpy ride over the dirt “road” to their house. It was too late to visit any of the Tepehuan people, so we ate dinner and turned in early.

The next morning I saw that the four missionary houses were built on opposite sides of a little creek that wound through the hills. Evergreens and pine trees dotted the landscape. The beautiful scenery was a refreshing change from city life, but the best part of our trip was still to come.   

After breakfast, it was time to go visiting. We set out on a short hike to one of the neighboring Tepehuan homes. We followed the creek upstream for a while, squeezed between the strands of a barbed wire fence, walked across a small meadow, and arrived at the home of Manuela. Through the friendship and teaching of the missionaries, Manuela had recently accepted Jesus as her Savior. 

As we approached Manuela’s house, the missionary ladies called out, “Baiga!” (Hello!) I tried to imitate their greeting, as Manuela came out. She was a small Tepehuan lady with tan, wrinkled skin and work-worn hands.  

“Baiga!” she replied. She received us into her home with a sweet smile and friendly handshake. 

We sat down on rough wooden chairs, and I looked around the small house, with mud-brick walls and a dirt floor. The one big room in the house contained two makeshift beds, a few chairs, and a small stove for cooking. There was no electricity or running water. Manuela was busy sweeping her dirt floor, but her bright smile showed she was happy to have us visit her. We listened as the missionary ladies chatted with her in Tepehuan. They translated for us as they talked. 

At one point, Manuela looked embarrassed, and she said, “You must think my house is very dark and dirty.” 

My friend and I assured her that we were delighted to be there. Then I said, “It’s a great privilege for me to meet you, because you are my sister in Christ.” When she heard the missionaries share those words, she seemed to relax. Then we joked that when we’re all in heaven we won’t have to sweep the streets of gold. Manuela smiled and laughed with us.  

Soon it was time to go. The missionary pilot would be waiting for us at the airstrip for our return flight. Our visit seemed too short. I wished I could stay longer and get to know Manuela better. 

As we rose to leave, I looked at her kind face. I no longer saw a woman who spoke a different language and lived in a tiny house far different from mine. I saw a woman who loves Jesus, who is a child of God, and who is walking by faith each day in her tiny village in the mountains. I left her home knowing I’d probably never see her again on earth. But I felt so thankful for the experience of meeting her and the insight I had gained from knowing her even briefly.

That day I understand that God is not “American.” He is GOD. He knows and loves every person, in every circumstance, in every corner of the world! 

For me, God speaks English. For Manuela, He speaks Tepehuan. For each of our brothers and sisters around the world, God speaks their heart language and knows them perfectly. 

He is God of all! 

No matter the differences that exist between us, I'm so glad I can call Manuela my sister. And one day I’ll meet her again, and we’ll rejoice together that there are no dirt floors to sweep in heaven! 

"For God so loved the world that he gave his one and only Son, that whoever believes in him shall not perish but have eternal life." -John 3:16  



Dios de Todos


Hoy quería compartir algo que escribí hace muchos años, pero que hoy se siente muy relevante.

¡Estoy tan agradecida de que nuestro Dios nunca cambia! El ama a cada persona. Envió a Jesús a morir por el MUNDO. Y se deleita en ser el Dios de todos los que lo llaman.

Que entendamos y expresemos más de Su corazón a quienes nos rodean.


Dios de Todos

Cuando era niña, pensaba en Dios como “estadounidense.” Imaginé que el inglés era su “primer idioma,” que de alguna manera pertenecía a Estados Unidos. Luego, una reunión inesperada con un total extraño me ayudó a ver a Dios como realmente es: un Dios global, el Dios de todos los que eligen invocarlo.

Después de la universidad, fui voluntaria en una escuela para niños misioneros en México. Vivía en una gran ciudad y estaba rodeada de amigos y compañeros de trabajo estadounidenses. Así que fue fácil mantener una mentalidad estadounidense.

Entonces, un día recibí una oferta sorpresa de nuestro piloto misionero. “¿Qué te parece visitar a los misioneros en la tribu Tepehuan esta semana?” Uno de los pilotos iba a hacer un rápido vuelo a la aldea para dejar suministros para los misioneros, y había espacio para que una de mis amigas y yo lo acompañáramos. ¡Estaba emocionada y aproveché la oportunidad!

Mi amiga y yo salimos de la escuela temprano el jueves por la tarde y nos dirigimos al aeropuerto. Mientras el piloto terminaba de cargar el pequeño avión de seis puestos, subimos y nos abrochamos los cinturones de seguridad. Después de orar por un vuelo seguro, salimos de la pista y partimos hacia las montañas.

Mientras volábamos, yo veía el paisaje debajo de nosotros cambiar de desierto alto a cañones profundos y a montañas cubiertas de pinos. Poco antes del anochecer, el piloto aterrizó hábilmente en la pista de aterrizaje de hierba en el pueblo montañoso. Los misioneros estaban esperando para darnos la bienvenida. Nos subimos a su camioneta y soportamos un viaje lleno de baches por el camino de tierra hasta su casa. Era demasiado tarde para visitar a cualquiera de los tepehuanos, así que cenamos y nos acostamos temprano.

A la mañana siguiente, vi que las cuatro casas misioneras estaban construidas en lados opuestos de un pequeño arroyo que atravesaba las colinas. Árboles de hojas perennes y pinos salpicaban el paisaje. El hermoso panorama fue un cambio refrescante de la vida de la ciudad, pero la mejor parte de nuestro viaje aún estaba por venir.

Después del desayuno, era hora de ir a visitar. Partimos en una corta caminata a una de las casas vecinas de Tepehuan. Seguimos el arroyo río arriba por un tiempo, nos metimos entre los huecos de una cerca de alambre de púas, cruzamos un pequeño prado y llegamos a la casa de Manuela. A través de la amistad y la enseñanza de los misioneros, Manuela había aceptado recientemente a Jesús como su Salvador.

Cuando nos acercamos a la casa de Manuela, las damas misioneras gritaron: “¡Baiga!” (¡Hola!) Traté de imitar su saludo, cuando salió Manuela. Era una pequeña dama tepehuana con piel bronceada y arrugada y manos desgastadas por el trabajo.

“¡Baiga!” respondió amistosamente. Nos recibió en su casa con una dulce sonrisa y un amistoso apretón de manos.

Nos sentamos en toscas sillas de madera y miré alrededor de la pequeña casa, con paredes de adobe y piso de tierra. La única habitación grande de la casa contenía dos camas improvisadas, algunas sillas y una pequeña estufa para cocinar. No había electricidad ni agua corriente. Manuela estaba ocupada barriendo su piso de tierra, pero su brillante sonrisa mostraba que estaba feliz de que la visitáramos. Escuchamos mientras las damas misioneras conversaban con ella en Tepehuan. Traducían para nosotras mientras hablaban. 

En un momento, Manuela pareció avergonzada y dijo: “Deben pensar que mi casa está muy oscura y sucia.”

Mi amiga y yo le aseguramos que estábamos encantadas de estar allí. Luego dije: “Es un gran privilegio para mí conocerte, porque eres mi hermana en Cristo.” Cuando escuchó a las misioneras compartir esas palabras, pareció relajarse. Luego bromeamos diciendo que cuando estemos todas en el cielo no tendremos que barrer las calles de oro. Manuela sonrió y se rió con nosotras. 

Pronto llegó el momento de irnos. El piloto misionero nos estaría esperando en la pista de aterrizaje para nuestro vuelo de regreso. Nuestra visita pareció demasiado corta. Deseaba poder quedarme más tiempo y conocer mejor a Manuela. 

Cuando nos levantamos para irnos, miré su amable rostro. Ya no veía a una mujer que hablaba un idioma diferente y vivía en una casa pequeña muy diferente a la mía. Vi a una mujer que ama a Jesús, que es una hija de Dios, y que camina por fe todos los días en su pequeño pueblo en las montañas. La dejé en casa sabiendo que probablemente nunca la volvería a ver en la tierra. Pero me sentí muy agradecida por la experiencia de conocerla y por la comprensión que había obtenido al conocerla aunque fuera brevemente. 

Desde ese día entiendo que Dios no es “estadounidense.” Él es Dios. ¡Conoce y ama a todas las personas, en todas las circunstancias, en todos los rincones del mundo! 

Para mí, Dios habla inglés. Para Manuela, habla Tepehuan. Para cada uno de nuestros hermanos y hermanas en todo el mundo, Dios habla el idioma de su corazón y los conoce perfectamente. 

¡Él es Dios de todos!

No importa las diferencias que existan entre nosotras, estoy muy contenta de poder llamar a Manuela mi hermana. ¡Y un día la volveré a ver, y nos alegraremos de que no haya pisos de tierra para barrer en el cielo! 

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” -Juan 3:16